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¿JESÚS ES EL HIJO DE DIOS?

Actualizado: 3 jul

Por: Frederick Guttmann R.

(Escritor e investigador israelí)


imagen: Jim Caviezel, La Pasión de Cristo


<<…lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al hombre perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo.>> (Ef. 4:13) Uno de los fundamentos principales de la cristiandad es la doctrina nacida de la idea de que “el hijo de Dios” vino al mundo a dar su vida para salvarnos de… eh… ¿salvarnos de qué? Bueno, no entraré en detalles en esta ocasión sobre la presunta “salvación”, el gatillo comercial del “pecado” - u otros temas ya abordados por mi parte -, como el tal “sacrificio” que habría hecho Yeshua (al que la mayoría del mundo llama “Jesús”). Me interesa aclarar en esta ocasión esa cuestión del “hijo de Dios”, creada por la iglesia católica y adoptada por las posteriores denominaciones “cristianas”.

 


¿HAY MAYÚSCULAS EN EL HEBREO?


Primero el lector debe comprender – o recordar, si es el caso de que ya lo sabía – que la inmensa mayoría de las cosas escritas en la Tanak (Antiguo Testamento) fueron redactadas en lengua hebrea. Algunos pasajes de un par de libros fueron escritos en arameo, que es una lengua parienta del hebreo, y que es, de hecho, la lengua hablada en aquel entonces en esa región por los tales personajes “bíblicos”. Además, pese a la invasión romana y la influencia de la cultura griega por toda la región en tiempos de los “apóstoles”, los habitantes de la región seguían hablando arameo como lengua principal y mayoritaria. Ahora bien, hay que decir que ni el arameo ni el hebreo poseen mayúsculas o minúsculas. Si esto es así, ¿por qué en la Biblia se escribe “Dios”, “God”, etc.? O se debería escribir todo en mayúscula o todo en minúscula.


 

¿QUIÉN ES ESE TAL “DIOS”?


Pero, ¿quién es el tal “Dios”? No hay constancia de ninguna deidad llamada así en parte alguna del mundo, salvo en la hélade. Los conocidos como griegos de la antigüedad llamaban ‘Dios’ a Zeus, de la forma ‘Día’ (luz diurna), refiriéndose así a Zeus como “el señor de la luz del día”. Puedes encontrar un caso registrado en la denominada Biblia en la versión griega de Los Hechos de los Apóstoles (capítulo 14:12), donde al evangelista Bernabé lo llaman Dios y Día (Júpiter para los romanos), mientras al apóstol Pablo lo llamaron Hermes (Mercurio para los romanos). Se debe comprender asimismo que Jerónimo de Estridon – por influencia o mandato de la iglesia católica – tradujo el nombre principal de la deidad hebrea (Iaheveh) al latín como ‘Domine’ (el Señor del Sol). Es curioso encontrar tanto politeísmo en el cristianismo, pese a que profesan ser monoteístas (de hecho está prohibida la idolatría, pero igual venera estatuas, santos, vírgenes o al propio Yeshua), porque incluso los manuscritos griegos de la llamada Biblia hablan de ‘Theon’ (donde ya se empieza a aplicar el uso de la mayúscula para definir un presunto nombre propio).


Si nos remitimos a los textos originales, en ellos se habla de ELOHIM (o ‘elohim’) en casi un 95% de los casos en que al español escriben “Dios”. Lo interesante y revelador de esta palabra es que, pese a que se trate de negar dentro del judaísmo, es inequívocamente un plural masculino. En efecto, si fuese singular, se diría Eloah, y propiamente ‘Elohei’, del nombre antiguo ‘El’, tomado de deidades de la región como Dagon y Amon en un sentido (significado) de “poderoso”. Esto es así porque todo nombre tiene un significado, y corresponde con características de las divinidades. Eso quiere decir – aunque se trate de negar, ocultar u obviar – que las referencias al dios hebreo eran sobre un grupo o colectivo, o – en el mejor de los casos – una conciencia colectiva o idea de unicidad compuesta por más de un ser.


 

¿QUÉ ES UN “HIJO” DE UN DIOS?


Ahora vayamos a la historia de Yeshua ha.Notzri (Jesús de Nazaret), quien fue interpelado por la mafia aristócrata religiosa de la época que monopolizaba el Sanedrín, en una discusión donde los traductores escriben que dichos sujetos le querían apedrear porque “se hacía igual a Dios”, pues afirmaba que “Dios era su padre”, es decir, sostenía que era “hijo de Dios”. Hay algo más que se debe agregar en esta exposición, y es que, en hebreo o arameo, cuando usas la palabra Ben (hijo) antes de un nombre o cosa, defines una colectividad. Casos como “bnei moab” (hijos de Moab) es lo mismo que “moabitas”; o “bnei met” (hijo de muerte) es “muertos” en el sentido de “destinados a morir”; o “bnei Israel” (hijos de Israel) es “israelitas”. De no existir esta caracterización del idioma, se confundiría a la hora de referirse a vocablos que quieren expresar una acción. En consecuencia, cuando discutía sobre llamarse “hijo de Dios”, en realidad decían “ben elohim” (sin mayúscula alguna), que intrínsecamente asimismo quiere decir, “perteneciente a la raza de los elohim”, o sea, un elohim, o uno de los Elohim (un dios). Por tanto, tiene sentido que le dijesen que se “comparaba” con Elohim, al decir que era hijo del Creador, pues una gata solo puede parir gatos y gatas. El elefante no va a dar progenie de cuervos o de ballenas. Si dices que un dios es tu padre, por extensión, perteneces a la estirpe de los dioses.


Vayamos ahora a la Tanak (a los Tehilim), pues en el Salmo 82:6 - atribuido al rey David - él escribe, <<yo dije vosotros sois elohim, y todos vosotros hijos de Alion.>> Alion era un nombre del dios supremo de la cultura hebrea, cuyo apelativo traducen como ‘el Altísimo’. Yeshua usó esta cita ante la confrontación de los religiosos que querían apedrearle, diciendo, <<si llamó dioses a aquellos a quien fue enviada la palabra – y la escritura no puede ser quebrantada – […] vosotros decís que blasfemo porque digo que soy hijo de Elohim…>> (Juan 10:35) El salmista agrega además que, pese a ser “dioses”, experimentarían la muerte “como los hombres”, y además caerían “como los príncipes”, recordando la naturaleza mortal del cuerpo, e igualmente el estado de “humanos” vulnerables como cualquier noble. Esto es así porque el alma es inmortal, pero el cuerpo no, y también porque cualquiera que recibe un título – como en su caso un juez o príncipe – termina en la tumba como cualquiera, o puede ser derribado de su posición en cualquier momento.


 

EN ESTO QUE NO SEA COMO NOSOTROS: CONOCIENDO EL BIEN Y EL MAL


El hecho de afirmar siquiera que somos “dioses”, es considerado casi como una blasfemia dentro de la cristiandad. Ellos prefieren la idea de un dios distante y de la dependencia en otros para “llegar” a esa deidad, y dar con Él por alguna razón basada en la idea de necesidad. Parten de la premisa de que el tal “Dios” está lejos, o es poco accesible, o se halla en un recinto, o tiene ego, pues quiere que le lloren, le pidan, le canten, le alaben y le pidan perdón (como si fuese posible agredirle). Un argumento común para pretender refutar a la propia Biblia sobre esta verdad, es el pasaje de Génesis 3, a propósito del hecho de “ser como elohim”. No hay miembro de la cristiandad que no salga a la palestra con esta cita. No obstante, los que toman esta referencia literaria – como ocurre muchas veces – omiten el resto del texto, donde se aclara “en qué” serían como esos dioses, concretamente, y que esos dioses no querían que los hombres fuesen: <<conociendo el bien y el mal.>> (Gén. 3:22) Empero, no es que no fuesen Elohim, o que “pretendiesen” ser elohim (algo que de facto ya eran), sino que se diferenciasen de aquellos que habían creado sus cuerpos: que sus creadores/padres tenían una ventaja sobre ellos. Esa ventaja estribaba en el conocimiento de cierta información o hecho supremamente relevante, que implicaba toda la ciencia sobre el “bien” y del “mal”. No es tema de este escrito abordar en qué consiste esto, o porqué dichos elohim no querían que los hombres que habían creado supiesen esto igual que ellos.

 


¿QUÉ ES LA IMAGEN DE LA QUE FUE CREADO ADAM?


Lo sí relevante es volver a dicho momento, cuando previamente esos mismos elohim dicen, <<hagamos hombre a nuestra imagen como nuestra semejanza>> (Gén. 1:26). Aquí hay varias claves a tener presente, como el hecho de que el texto está dando por sentado que la palabra ‘adam’ (hombre) ya significa algo. Ellos no dicen “hagamos un ser con alma, sangre, huesos, carne, piel y órganos, y llamémosle Adam”, sino que ya sabían lo que era un “adam”: el Adam ya existía, pero ellos decidieron hacer uno (o hacer otro diferente al que ya existía). Es como si hace 200 años varios ingenieros reunidos hubiesen dicho “hagamos un coche (o un “carro”)”, y lo natural es que los demás preguntasen, ¿un qué? ¿Qué es eso? En cambio, en esta conversación parece claro que ya los elohim sabían lo que era un adam, y decidieron hacerlo a su “imagen” exactamente “como” su “semejanza” (de ahí otros manuscritos que escriben “a nuestra viva semejanza”). Y, ¿qué es esa “imagen” sobre la cual vendría la “semejanza”? Pese a que existen muchas definiciones que se traducen igual, o que podrían parecer sinónimos, en su caso, Moisés usó el vocablo ‘Tzelem’, que es imagen en el sentido de la apariencia de algo. De hecho, a las estatuas se las llamaba asimismo ‘Tzelem’, debido a que emulan o imitan la apariencia de una deidad. Eso quiere decir que la apariencia del hombre es, en efecto, una réplica de la apariencia de los elohim (reiterado en el verso 27). Por eso, el prefijo de Tzelem, ‘Tzel’, es sombra, siendo el hombre o “adámico” (una criatura almática) una apariencia material y mortal de otros seres que crearon, diseñaron o fabricaron su cuerpo.


El texto de Moisés revela aún más, sosteniendo que esa imagen sería, en boca de los Elohim, “como nuestra semejanza”, partiendo del término hebreo Dmut, que no es común para esta expresión. Estas letras de “Dmuteinu” (D-M-T-N-U) están invertidas del vocablo “Tmunah” (T-M-U-N-H), que sí significa apariencia, forma, semejanza o representación, en especial refiriéndose a un ídolo. Tenemos, pues, dos vocablos, donde uno refuerza al otro, y donde, los dos se refieren a una estatua o ídolo. ¿Por qué iban unos “dioses” a querer crear un “ídolo”? Mientras Tmunah no posee la letra Dalet (D), la temurá (anagrama) Dmut, sí lo tiene, convirtiendo el vocablo en un constructo del prefijo ‘Dam’ (D-M), que en hebreo significa “sangre”, linaje, estirpe, vida. En efecto, esos elohim decidieron crear a un ser que ellos ya habían conocido, pero su intención era fabricarlo con la apariencia de ellos, tomando su propio material genético. Hicieron a un ser preexistente con la idea de una estatua o ídolo que poseyese su aspecto, y le dotaron de vida. Es absurdo que un hombre fabrique una estatua para pedirle cosas – como quien asume que la estatua es superior a su hacedor -, pero aún más absurdo que un “dios” crease un ídolo, ¿con qué finalidad? ¿La misma por la cual un hombre fabrica una estatua? Cree en dioses, y piensa que esa estatua simboliza a esos dioses y le proveerán algo. Empero, ¿sería ese “adam” que ya conocían esos elohim, un ser que ellos “vieron” y quisieron crearlo como criatura que les diera lo mismo que los hombres esperan de los dioses? Esto sería como considerar que mientras los hombres admiran a los dioses, los dioses admiran al hombre, pero no al creado de materia orgánica, sino a uno que existe antes del orgánico, y donde entraría ese Adam (alma preexistente). Eso explicaría pasajes que dicen que <<cuando introduce al primogénito en el universo dice: adórenle todos los ángeles de Elohim…>> (Heb. 1:6), pues el ser adámico es superior tanto a ángeles como a muchos Elohim (dado que hay muchas razas y rangos de dioses (1ª Cor. 8:5)), ellos mismos nos sirven a nosotros (Heb. 1:14), al tiempo que son compañeros de quienes realizamos el trabajo de la luz (Apoc. 22:9).


 

LA NATURALEZA DIVINA


En consecuencia, ¿es Yeshua (Jesús) “el” hijo de “Dios”? ¿Hijo de cuál dios? Al poner el artículo “el”, la apreciación excluye a cualquier otro, asumiendo que dicho “dios” no tiene más hijos. Sería ignorante afirmar que los dioses no tuviesen hijos, en especial “Dios” (Zeus), quien tuvo decenas de hijos, tanto con diosas como con mujeres mortales. Los hijos de un dios y una diosa son genuinos dioses, mas los de un dios y una mortal (o una diosa y un mortal), son semidioses, y a todos estos los caracteriza fuerza sobrehumana, belleza, longevidad y ciertas facultades notables. En especial, la característica de un dios es su inmortalidad. Considerando que la madre biológica de Yeshua fue una mortal, él sería, en el mejor de los casos, un semidios, si su padre era un dios. Pero supongamos que de todos los elohim, Yeshua fuera hijo de la deidad conocida como Iaheveh (Jehová, Yahvé), entonces debería llamarse “hijo de un dios” o “hijo de Iaheveh”, salvo que decir “hijo de Dios” sea una forma de adjuntarle a Zeus un hijo más. En cualquier caso, no podría ser “unigénito” ni “primogénito”, pues ya Zeus había tenido hijos miles de años antes del nacimiento de Yeshua. Y si decimos que es hijo del “elohim” mencionado en Génesis, ya habían nacido millones de humanos antes de Yeshua. ¿Cómo se pueden entonces conciliar los pasajes de textos del llamado Nuevo Testamento que hablan del “hijo unigénito”, o del “hijo primogénito”? Habría primero que enlistar todas esas citas y ver si están hablando de Yeshua (Jesús), o si los llamados “teólogos” dieron por sentado desde el principio que esos pasajes se estaban refiriendo a él (pues hasta el presente la mayoría de llamados cristianos no saben ni siquiera diferenciar entre “Jesús” y “Cristo”).


Diversos pasajes hablan de que compartimos la “naturaleza divina” (2ª Pe. 1:2), que se ha de manifestar que somos “hijos de Theon” (1ª Juan 3:2, Rom. 8:14, Gál. 3:26), que muchos seres en otras partes del universo esperan nuestra <<manifestación gloriosa>> como “hijos de Theon” (Rom. 8:19), etc. En consecuencia, hay una contradicción al decir que Theon solo tiene un hijo, incluso que es el primero, toda vez que la propia Tanak sostiene, <<Israel es mi hijo, ha dicho Iaheveh>> (Éxodo 4:22), y agrega – como en varias ocasiones - que es su <<primogénito>>. ¿Habla del patriarca Yakob (Jacob), o del pueblo de Israel? Si habla de todo un pueblo, acorde a la idea de colectivo, un hijo es, en efecto, un gremio, no un solo individuo (de hecho, nuestro cuerpo está compuesto por una “nación” entera de células). Tenemos entonces muchas contradicciones con el argumento de la cristiandad, de que Yeshua (Jesús) es “el” hijo de… Zeus, o de Iaheveh. Pero hay más, porque los mismos textos bíblicos sostienen que todos somos hermanos, que “de una sola sangre” el Creador hizo a todos los adámicos que moramos sobre la Tierra. Incluso en una oración, Yeshua le dice al “Padre”, sobre sus seguidores, <<que ellos sean uno, como tú y yo somos uno>>, siendo que, si se cumple tal solicitud – o ya se cumplió – la deidad sería algo “compartido”, como el significado plural del dios hebreo: Elohim. Empero, hablamos de un mismo “espíritu”, o en palabras modernas, una conciencia colectiva, como es la integración de muchos miembros para componer una familia. Además, el apóstol Pablo dice que un día los que avanzamos hacia la conciencia crística alcanzaremos la misma <<estatura de la plenitud de Cristo.>> Aquí acaba la diferencia entre Yeshua y nosotros, o del Creador y nosotros, y, por ende, del hijo, toda vez que el mismo no es uno, sino una colectividad. Recuerda que en hebreo “hijo” se refiere a parte o miembro de una colectividad. Ergo, todos somos “el hijo” de Theon (o Alion), raza Elohim, temporalmente en cuerpos mortales que tienen sangre de ciertos Elohim.


 

PRIMOGÉNITO Y UNIGÉNITO


Se incluye en la retórica de la cristiandad el uso de palabras como “unigénito” y “primogénito”, atribuidas a la figura de Yeshua (Jesús), según pasajes de la llamada Biblia. Pero si Moisés le dijo al faraón que Israel era el “primogénito” de la deidad Iaheveh, ¿cómo es posible que también Yeshua sea su primogénito? No solo eso, sino que, si es primogénito (primero generado), ¿cómo va a ser también unigénito? Si habla de un “primero”, es porque hay más, dado que, de otro modo, únicamente diría “unigénito” (único generado). En hebreo la Tanak (Antiguo Testamento) menciona al Bakor (primer nacido) en función de la idea del heredero principal de un clan, y quien recibiría una doble porción de la heredad de su padre. El apóstol Pablo escribió en Colosenses 1:15 que “cristo” es <<la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación.>> No obstante, dice “cristo” (Jristós), no “Jesús” (Yeshua). Para el cristiano ambas palabras son lo mismo, pero en absoluto lo son. Y tampoco entienden por qué Yeshua hablaba de <<el hijo del hombre>>, en vez de decir “yo”. En hebreo se dice “ben Adam”, que hasta el presente se utiliza en lenguaje hebreo para referirse a un “persona” o “individuo” “humano”. Como ya te expliqué, el uso de “ben” (hijo) o “bnei” (hijos) se refiere a una colectividad, a una descendencia o a la participación o destino de algo o alguien. Empero, el “ben Adam” es el descendiente del linaje de Adam, de la raza de Adam, cuyo cuerpo en este planeta fue creado por unos Elohim, pero cuya alma antecede a este universo.


       El Creador Primero es invisible porque no pertenece a las cosas visibles, pero creó una conciencia llamada Cristo, de donde vino la conciencia llamada Adam. Esa “conciencia” no es un individuo, sino una red, una conciencia colectiva que opera, piensa, siente, es y hace como UNO. De ahí dimanó el primer dios, antes de cualquier dios de este universo. Esa conciencia colectiva es el primer Elohim, pues son muchos, pero es uno, tal como dijo el profeta: <<escucha Israel: Iaheveh nuestro eloh es UNO.>> (Deut. 6:4) Esa UNICIDAD se manifestó en un sueño llamado universo/mundo como millones incontables de almas que “manifiestan” al invisible. Por esa razón el texto hebreo habla de un ‘Iajid’, que se traduce como “unigénito”, mas no es exactamente eso – pues no incluye nada de “generar” -, sino “unido”. Esta es una definición oculta en el nombre Ihudah (Judá), o del “judío”, el “iajid” (unido), pues desde el principio se nos ha querido enseñar que somos una unicidad, parte de una unicidad. Nuevamente podemos encontrar en argumentaciones de los llamados cristianos, que “Jesús” (Yeshua) es preexistente, pese a que esa “pre-existencia” no es una virtud única de Yeshua, sino de todos nosotros: <<según nos escogió en él antes de la fundación del mundo...>> (Ef. 1:4) La comprensión de lectura también brilla por su ausencia en los dogmas de la cristiandad, pues algunos dicen que aquí solo se refiere a una idea que estaba en la mente del Creador, no a seres que existiesen con Él y en Él. No obstante, ahí claramente está diciendo que fuimos “escogidos”, y, ¿qué es escoger? Tomar o seleccionar de lo que existe.


Y el texto en cuestión agrega que esa selección fue “en Él”, o sea, estábamos “en Él”, ya existíamos “en Él”, en el llamado “seno del Padre”: <<Nadie ha visto jamás a Dios; el unigénito Dios, que está en el seno del Padre, Él lo ha dado a conocer.>> (Juan 1:18) ¿Qué está diciendo acá el apóstol? Que el creador se manifestó por medio de sus creaciones, de modo que, quien ve a un hombre, ve al Creador, igual que como dijo Yeshua: <<El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.>> (Juan 14:9) Quien ve a su prójimo, ve al Creador, pues fuimos hechos a imagen del Elohim. Debido a esto fue enseñado: <<ama a tu prójimo/vecino/hermano como a ti mismo>>, toda vez que es un reflejo de ti mismo. Por eso fue dicho que Adam abrió los ojos y vio a una mujer ante él y dijo que era su “negedó” (quien se haya en frente), pues la conciencia que empieza a comprender se da cuenta que vivimos en una dualidad necesaria para que un extremo de una misma cosa aprenda de su contraparte. No es una “ayuda idónea” con quien te unes, sino con la otra parte de ti mismo, tal como la luz y la oscuridad son opuestos de una misma cosa, el frío y el calor, lo interior y lo exterior, lo superior y lo inferior, lo blanco y lo negro, el bien y el mal… y eh ahí, el fundamento del misterio del Árbol del Bien y del Mal.

 


EL HIJO DEL HOMBRE


Yeshua hablaba mayoritariamente de todos nosotros en primera persona, queriendo que quienes le escuchaban se sintiesen vinculados como uno, entendiendo que él hablaba por todos nosotros. Por eso decía “ha.ben Adam” (el hijo del hombre), refiriéndose a la conciencia colectiva adámica, como cuando afirmó – entre tanto casos -: <<Las zorras tienen madrigueras y las aves del cielo nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar la cabeza.>> (Mat. 8:20) Estaba hablando de la inestabilidad por la que pasamos todos los adámicos en este planeta. De la misma manera que cuando Yeshua habla del “ben Adam” habla de toda la colectividad adámica, cuando el Espíritu Santo mandó a hablar y escribir sobre el Jristós (Cristo, ungido, Mesías), se refería a la conciencia colectiva que ha despertado su conciencia, que ha recordado quién es, que ha comprendido que es UNO, y está en el uno, y que todo este universo es una ilusión. Esa es la mente crística o Mente de Cristo. Esa conciencia, que ya era preexistente (1ª Pe. 1:20), vino a este mundo, y ya estaba con nosotros, pues con nosotros hizo todas las cosas: <<En el principio era/estaba el Lógos, y el Lógos era/estaba con Theón, y el Theón era el Lógos.>> (Juan 1:1) Pero, ¿dice Jesús (Yeshua, Ihsuos)? No, dice Logos, que es Palabra en un sentido contextual y muy amplio que no voy a abordar en este escrito. Así como la cristiandad atribuye mil cosas al Diablo/satán/lucifer, que realmente no son cosa suya, asimismo aplican cosas a Yeshua que en realidad nos implican asimismo a todos nosotros. Así convierten tanto a Satan como a Yeshua en una especie de dioses, y a nosotros, como siempre, nos ponen en el más bajo de los estatus, como tanto beneficia al lobby de las religiones.


 

SOMOS EL HIJO DEL SUPREMO DIOS


Ahora cobra pleno sentido el tipo de citas como aquella clásica de la cristiandad, que reza que <<de tal manera amó Theon al universo, que envió a su hijo único, para que todo el que cree en él (en sí mismo) no esté perdido, sino que viva por los eones.>> (Juan 3:16) No envió a un solo hijo, sino a la colectividad que representa el hijo, y el objetivo era que todos y cada uno crean en sí mismos (descubriese y perfeccionase la fe), porque la raíz de todo en la experiencia en este universo es el autoconocimiento (saber quiénes somos como elohim, a lo largo de la experiencia y vivencias de estos eones). Ese auto-conocimiento tiene plenamente implícita la comprensión de que todos somos uno, y de ahí el uso de la palabra singular “hijo” del Theon, Alion, o Elohim. Ese proceso va eliminando el dolor y sufrimiento del no-autoconocimiento, que no es otra cosa que la idea que el ego (Satán) sembró para lograr la Dualidad de este universo: que creyéramos que estábamos separados, que el Theon está distante, que lo que me ocurre es algo externo que me ocurre o tiene poder sobre mí, que el otro es mi enemigo, etc. Lograr este avance mental es lo que se llama “salvación”. La salvación del arquetipo denominado “muerte” o “perdición”, no respecto del “Más Allá”, sino de este “Más Acá”, del ahora.


La paz sea contigo.

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