LA COSTILLA DE ADÁN Y EL PECADO ORIGINAL
- Frederick Guttmann

- 15 sept 2025
- 10 Min. de lectura
LA TAL COSTILLA DE ADÁN Y EL CUENTO DEL PECADO ORIGINAL
parte 1
Resulta muy llamativo que un cuento pueda llegar a ser tan influyente que cree un sentimiento fuerte y determinante de culpabilidad, y pasados miles de años la idea aun pueda seguir marcando la conciencia de la sociedad. El relato sobre unos primeros ancestros nuestros que cometieron una gran transgresión - y desde entonces todos perdimos la relación con nuestro dios creador - es tan significativa que determina gran parte del conjunto de parámetros, creencias y decisiones de nuestra vida.
La historia de un “pecado original” no es sobre la originalidad de un pecado, sino sobre un presunto primer acto anti-divino que habría provocado que nuestra raza abandonara la “presencia” de “Dios”, y cayera en la mortalidad y las desavenencias de la existencia en este mundo. Presuntamente, de no haber ocurrido tal acción por parte de esos primeros humanos, todos seríamos inmortales y estaríamos viviendo en el paraíso (aunque no sé si todos cabríamos).

Un estigma de demérito y culpabilidad nace con la idea de que tuvo lugar un “pecado” que habrían cometido los llamados Adán y Eva, y este repercute en nosotros hasta la actualidad. ¿Cómo es eso posible? En las cartas del apóstol Pablo, él refiere varias cosas en las que muchas estructuras del cristianismo se contradicen posteriormente. Pablo sostiene que “ya no hay más pecado”, y que “donde no hay ley, tampoco hay pecado”. Entre sus palabras se encuentra la explicación de que la Torah como estructura literaria que incluía un sistema legislativo, era para los israelitas una atadura o esclavitud que fue quitada con la llegada de Jesucristo.
La envergadura de esta creencia es tan dañina que, aun cuando se halla alojada en la memoria genética y almática, afecta al subconsciente y a nuestra forma de vernos y percibirnos en la existencia. Un hijo que no se siente amado, que considera que su engendramiento no fue deseado o que no recibe atención o tiempo alguno por parte de sus progenitores, tendrá tendencias destructivas. Buscará causar problemas, abusaría de cosas que le pudieran causar daño e incluso podría no desear vivir. Dado que somos dioses encarnados temporalmente en cuerpos mortales, la creencia de que hemos sido desechados por nuestro padre (Dios), que le hemos defraudado, que a sus ojos somos malos o una vergüenza, o cosas similares, solo refuerza las patrañas que permanentemente induce el ego, y socaba nuestro propio instinto divino. La sola idea, con independencia de que tenga algo de razón, es más tóxica de los que pudiese ser el tal hecho en sí mismo.
Nosotros decidimos venir a experimentar en este universo, que nosotros mismos como conciencia colectiva creamos. Decidimos hacer esto sin la participación de la Fuente, y es carencia fue notoria al verse un universo dual, donde no solo hay bien, si no también mal. Eso es lo que el mito refiere como Árbol del Saber Bien y Mal. Estamos en la “gloria de Dios”, en “su presencia”, mas escuchamos al ego y creímos que era posible la existencia sin la plenitud del Bien. Entonces nos caímos en un “sueño profundo”, nos fragmentamos en incontables fracciones con cuerpos espirituales que llaman “almas”, y comenzamos a “soñar” este universo en sus múltiples mundos y dimensiones. ¿Se puede llamar a esa decisión “pecado”? No, aun cuando todos el que entiende este juego no le causa mucha gracia tal decisión alocada que hubimos tomado. Justamente esta decisión es resumida en simbología por Yeshua (Jesús) en la llamada parábola del Hijo Pródigo.
Dos cosas serían un “mal”: pecado y transgresión. Aunque usualmente se suele pensar que una cosa es sinónimo o traducción de la otra, en realidad el concepto de pecado se refiere a una falta, fallo o error que queda en deuda, mientras transgresión es violación de una ley, básicamente un delito. En sentido más claro, cometer un pecado es causar un daño que debe compensarse, es desequilibrar el bien, teniendo que restituir o restaurar en su lugar. En cambio, transgresión se limita a la existencia de normas, legislaciones o estatutos que alguien ha traspasado. De esta forma, es absurdo cuando alguien llama pecado a cosas que no provocan deudas. Y cuando digo “deuda”, no me refiero a dinero, sino a toda cosa que tiene implícito el derecho de restitución. Empero, causarle a otro un mal, es quedar en deuda con él hasta que le repongan o compenses el daño causado. No pecas contra Dios, porque Él es inalterable y perfecto. En todo caso, pecas contra algo mortal que es imagen de Dios, y Dios, que es el juez, intervendrá en algún momento para hacer justicia: que pagues a quien has agraviado.
El argumento del llamado pecado original defiende que los primeros humanos tenían un mandamiento sobre no comer de cierto árbol, pero desobedecieron. No sería la primera ni última vez que alguien desobedece a su padre, superior u otra autoridad. Tampoco habría sido la primera y única vez que alguien es perdonado, pero eso no ocurre aquí, puede que porque ellos nunca se arrepintieron ni pidieron perdón, sino que se justificaron.
Si bien, no existía en ese entonces una legislación o código legal, y no se tuvo lugar lo que los humanos pensaron que se les haría si desobedecían: matarles. Al menos eso fue lo que Eva entendió: que si desobedecían les matarían. En cambio, fueron expulsados, y la Tierra fue maldita, provocando vicisitudes a la raza humana. En este caso, no está claro que hubiese sido un pecado, sino más bien una transgresión. Al estar presuntamente solos Adán y Eva, y comer de una fruta, implica que no hubo daño causado a terceros, y sin daño y persona afectada, no puede fijarse restitución por parte de la justicia. Si la fruta les hubiese perjudicado, habrían pecado contra sí mismos, pero – por el contrario - lo que hizo la fruta fue abrirles todos los ojos. ¿Dónde está entonces el problema? ¿Quién resultó dañado como para que se hable de pecado, o para que se espere un castigo para restituir? En efecto, pues, podemos hablar de la primera trasgresión, pero no del primer pecado, ni de un “pecado original”.
Ahora bien, ¿por qué la transgresión de una ley por parte de terceros me debe perjudicar a mí? La única manera es que yo siga cometiendo el mismo delito. Ahí cobran sentido las palabras del apóstol Pablo, al afirmar, <<por cuanto todos pecaron>> No dice que seamos pecadores como lo da por sentado generalmente el llamado cristianismo, en el sentido de que somos malignos, sino que todos estamos cayendo en el mismo error: estamos comiendo del mismo árbol del que habrían comido Adán y Eva. En tanto sigamos participando de los frutos de dicho “árbol”, continuaremos experimentando las consecuencias del tal “destierro” del paraíso, o sea, seguiremos privados de los privilegios del placer celestial. El asunto es que no se va a entender este asunto mientras se siga viendo con ojos carnales, y creyendo que representa literalidades.
Veamos. Supuestamente el primer humano es hecho a imagen de un dios, o sea, debería haberse parecido a dicha deidad. Pero también resulta que es hecho “semejante” a Él, es decir, con una naturaleza casi igual a dicho dios. El criterio eran seres masculinos y femeninos, es decir, andróginos. Más tarde, una humanidad es presuntamente “formada” (ya no “hecha”) del polvo de la Adamah, o sea, de la primera humanidad, y se les dice que no coman ni toquen cierto árbol ni su fruto. Un árbol extraño, ya que, aparte de tener bien, tiene mal. ¿Por qué existe mal? ¿Qué hace un árbol de conocimiento bueno y malo en un paraíso? ¿Por qué definen a los árboles como portadores de determinados conocimientos?

Pero para más rareza, una tal “serpiente” aparece, y resulta que es la criatura creada más sabia y entendida, e incluso habla con una mujer y la “seduce” para que coma del fruto del árbol de conocimiento bueno y malo, con la idea de que sabrán todo sobre lo bueno y malo de la misma forma en cómo lo entienden los dioses. Ella lo hace y le da asimismo a su compañero. Aparentemente el dios que los crea, que habla en plural (es decir, es más de uno) anda por ahí como una criatura común y corriente. Sí, el ser que presuntamente creó todo el universo y es inconmensurable, resulta que está físicamente en ese lugar en cierta parte del planeta Tierra, caminando en pleno día y hablando con dichos adámicos. ¿Por qué el creador del universo iba a estar paseando en un jardín en determinado planeta? ¿Eran acaso más bien seres de una dimensión superior que estaban ahí en representación de un Ser Supremo que sí sería El Creador?
Si los humanos creados eran idénticos a su creador, eso significa que al ver a un hombre estaríamos viendo una copia del ser original, del dios. Pero resulta que dicho ser está creado con dependencia a un mundo particular. Por eso tenemos boca para comer, nariz para respirar, oídos para oír, ojos para ver, pies para caminar, manos para agarrar, genitales para reproducirnos, órganos para transformar oxígeno en energía, ombligo como testimonio de haber estado nutriéndonos en el vientre de una madre, y otros órganos para procesar alimentos y líquidos, etc. Si somos imagen de nuestros creadores, entonces nuestros creadores, en efecto, tienen lo mismo, son seres antropomorfos que forman parte de otras familias y moran en otros mundos con características semejantes a las de nuestro orbe. Si no es así, antes de haber un planeta respirable, ¿para qué tenía ese dios una nariz? ¿Para qué posee estómago, corazón, órganos genitales, ombligo, piernas, etc., etc.? Si lo que nosotros poseemos es por imagen y semejanza de esos dioses, entonces siguen un mismo patrón. ¿No tenían esos dioses antes cuerpo, pero posteriormente se lo diseñaron para sí mismos? ¿Y si es un dios, para qué se crea características de un organismo basado en las necesidades de un ser de carbono? Porque pudiendo volar, materializarse o teletransportarse, va “caminando”. Ese dios no parece guardar mucha semejanza con la idea de deidad que poseen la mayoría de religiones. ¿Son acaso estos dioses solo una parte de un grupo de seres que existen en otros mundos y otras dimensiones, otra forma de jerarquía de seres de este universo, y por pertenecer a dicha naturaleza nosotros los llamamos “dioses”?
Por otra parte, dice el texto que después de los humanos hermafroditas, de la segunda raza que viene a surgir se tiene que “construir” a la mujer con material de la costilla de un varón. ¿Salió una mujer de una costilla? Pese a que en pleno siglo XXI aún hay gente que cree en mitos, voy a dar una pequeña explicación kabalística sobre qué es lo que esta historia contada por Moisés significa. Puede que haya muchos elementos literales de la historia, pero lo más importante es lo que hay como trasfondo. Se debe saber que todo lo que enseña el Espíritu Santo tiene varios niveles. Según el nivel de discernimiento e intelecto de cada individuo se puede comprender uno o varios niveles de la información transmitida. El caso del cuento del jardín de Eden es uno de ellos, y diría yo, uno de los más importantes, toda vez que habla de cómo emana el sufrimiento cuando la mente decide escuchar al ego.
Cuando la mente está recta (en el estado de conciencia de Cristo, o conciencia crística, cuando eres uno con el Espíritu Santo), tu ser está unificado, estás “en el Uno-Padre”. No obstante, en cierto “momento”, la mente que estaba contenida en el Uno-Padre (una mente dentro de otra), pensó en estar “separada”, pese a que de facto eso es imposible. Esa idea que Sigmund Freud, refería cono el ‘Ich’ (ego, yo), y es lo que se representó como una “Najash” (serpiente) en diversos mitos y leyendas antiguos. Esa idea siembra el veneno de separación en el corazón (Eva), y desde entonces tenemos la creencia de que Dios está lejos de nosotros, que las demás almas encarnadas que observamos están separadas de nosotros, y que el universo es real y todo es ajeno lo uno de los otro sin relación de red. Einstein fue el primero que planteó esta farsa con lo que llamó ‘Acción Fantasmal a Distancia’, posteriormente llamada por los físicos cuánticos ‘Entrelazamiento Cuántico’, llegando a probarse hoy que nada está separado ni desconectado o desvinculado, sino que todo se halla enlazada, conectado, entrelazado, vinculado como un solo ser, como las células de un cuerpo forman un todo, lo que llamamos “cuerpo”.
Los símbolos representados en la historia de Adán y Eva evocan a la mente, y podemos estudiarlos al analizar su impronta física que se traduce en la estructura de nuestro cuerpo. El cerebro es imagen de la mente, y por ello, igual que la mente, tiene varias secciones. Primero está el hemisferio derecho e izquierdo, luego el frontal y el posterior, luego el superior y el inferior, pero luego están las capas, exterior, intermedia e interna (último que bien han hecho en llamar “cerebro reptiliano”), y tras ellas sigue la espina dorsal (la culmina vertebral con sus 33 “códigos”). El lado derecho del cuerpo lo dirige la parte cerebral izquierda (masculina), y la parte izquierda del cuerpo la dirige la parte cerebral derecha (femenina). En la mente, lo masculino (Adam) es lo derecho y lo femenino lo izquierdo (Jevah), que se invierte al proyectar la parte física.
En tanto la mente estaba unificada en la unicidad (Eden, o estado edénico), había paz, abundancia, inmortalidad, plenitud y felicidad. Cuando la mente pensó en su interior - cuya imagen es el centro del cerebro - en una “idea” de separación (cuyo símbolo es la serpiente), emanó como una realidad aparente (lo que denominamos universo). Es lo mismo que ocurre en tu vida. Lo primero que hace el ego es dividir, y hace que respondas antes a tus emociones (Eva) que a tu razón-raciocinio (Adán).
Pese a que somos emocionales, cuando la mente está recta – como estaba al inicio del todo, antes de este universo-sueño – lo masculino y femenino son uno en el ser (o como dice Génesis, <<son una carne>>). Por eso fue escrito <<los hizo masculino y femenino>>, es decir, una mente andrógina, como un solo ser (no dos cosas separadas, o mucho menos dos individuos diferentes). Así también el intelecto y la creatividad eran uno. Como forma de aprendizaje y auto-conocimiento, la conciencia permitió que se separasen para verse “desde afuera”, aunque están dentro: esto es imagen de cómo puedes ver el mundo exterior (el sueño de las imágenes y espejismos), pero al cerrar los ojos ves la realidad en tu ser interior y te puedes reubicar.
Todo esto es aplicable a todos y cada uno, porque todos somos uno solo, somos una mente colectiva parte de la unicidad. Como una red, lo que aprende uno lo aprenden todos (de ahí los resultados del experimento del Centésimo Mono), lo que siente uno lo sienten todos, y lo que evoluciona uno empuja a la evolución de todos – aparte de que lo que aprende uno lo aprenden todos, pues es conocido por la conciencia colectiva a nivel inconsciente -. De esto habló Carl G. Jung, definiéndolo como ‘el inconsciente colectivo’.
Continuará...










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