La Tierra, ¿Esférica o Plana?
Actualizado: 23 jun 2022
LOS ANTIGUOS NO CREÍAN QUE LA TIERRA FUESE PLANA
Frederick Guttmann R.

* mapa de Piri Reis de 1513.
Se ha enseñado en las escuelas, y aún es un argumento popular, la idea de que los antiguos creían que la Tierra era plana. Esa presunta creencia asumía que al "final del mundo" el mar finalizaba y caías al vacío y hasta podrías ser devorado por dragones. Si bien, ¿quién llegó a ese límite para contar semejante historia? No hay testimonio alguno de eso. Es más, los vikingos - legendarios expertos en la navegación - habían llegado a Terranova (en Canadá) en el siglo X d. C., y ninguno de sus mitos advierte del final del “borde” terrestre. Las alusiones al “fin” del mundo se referían a lo más alejado, lo extremo o los confines particularmente desconocidos de ciertas culturas. Hay que considerar que el mar era el límite de toda tierra firme, y sus confines habían sido inexplorados y temidos por miles de años. Además, mar adentro las descomunales olas son un peligro para los navegantes.
La idea de que se creyese que el planeta era un plato ni siquiera está documentado, y se argumenta que los pueblos antiguos pensaban que el mundo consistía de varios niveles dentro de un supuesto “plato horizontal”. Lo cierto es que no se puede graficar una esfera en dos dimensiones (un dibujo), solo puedes dibujarlo en un material de un plano. Por su parte, los usos de la palabra “esfera” se aplicaban a la realidad existencial, como sería “esfera de la existencia”, “esfera de la vida” o “esfera celeste”, y al decir “círculo” se entendía el concepto de una forma genérica (que nada tiene que ver con “planicie”, como algunos terraplanistas tratan de hacer pensar).
Mesopotámicos
Los grabados que muchos sugieren como respaldo de estas ideas son “representaciones” de la concepción de los “mundos” y estancias (tierra, mar y cielo), no mapamundis. En otras palabras, los dibujos pretendían mostrar lo que el dibujante creía que los antiguos pensaban, pero no era una réplica de un grabado milenial, ni era una documentación de sus conocimientos de los tales “bordes” del mundo. Si se toman en consideración las narraciones remotas, ellas no dicen que la Tierra finalizase más allá del océano, o que fuese plana y limitada; solo hablaban – o englobaban - de la existencia de la esfera de realidad celeste, la terrestre y la marina: 3 mundos en uno. Ese es el caso de la cosmovisión sumeria, que se toma como principal referencia para argumentar dicho error terraplanista. El relato babilonio de la creación del mundo no dice nada de la Tierra como un plato, y por el contrario, habla de la aparición del Cielo y la Tierra tras la existencia de Apsu y Tiamat (‘Nammu’ para los sumerios).
Apsu eran las aguas profundamente abismales, cuya profundidad no se podía medir, mientras Tiamat representaba el caos o ausencia de orden establecido aun. Este es el mismo concepto citado en tantos textos como el propio Tao Te King, o el hebreo Génesis de Moisés, que habla de ‘tohu vabohu’ (caótico y abismal), el principio de la composición liquida y sólida que dio lugar a los planetas de nuestro sistema solar (detalles que narra con suma precisión el 2º libro de Enoc, manuscrito de antigüedad casi incalculable). Posteriormente, de la unión de Absu y Tiamat nacieron los dioses, pero, ¿quiénes eran los dioses? Cualquier estudio que se haga de mitología comparativa concluirá en que los dioses panteónicos, y los relatos analíticos sobre el origen del mundo, son nombres y descripciones de los planetas de nuestro sistema solar y la formación del sistema mismo. ¿Cómo sabían esto aquellos pueblos si las tesis de la formación del sistema solar se supone que son recientes (la hipótesis nebular - que es la ampliamente aceptada - fue tan solo desarrollada por vez primera en el siglo XVIII por Emanuel Swedenborg, Emanuel Kant y Pierre-Simon Laplace)?
Existen numerosas representaciones asirias y babilonias que muestran a los principales dioses con el Sol, la Luna y otros “cuerpos”. Una de estas representaciones asirias presenta al Sol lanzando sus rayos a 11 cuerpos que le rodean. Los antiguos incluían a la Luna entre los planetas del sistema solar, y aquí cabe agregar asimismo que Urano supuestamente solo vino a ser descubierto en 1781, Neptuno en 1846, y Plutón en 1930. Si el Sol está retratado en cilindros mesopotámicos con 11 cuerpos redondos, ¿cómo explica eso el falaz argumento de que los pueblos del pasado creían que la Tierra era plana? No solo muestran la Tierra como algo redondo, sino que parecen insinuar que hay – o había en aquel entonces – más cuerpos planetarios, al menos dentro del estándar definido por dichos pueblos. Aunque Plutón fue descartado como planeta en 2006 (entrando en la categoría bautizada como “planetas enanos”), sigue la distancia media de los planetas del sistema, y con la Luna sumaría 10 cuerpos celestes (contando a Urano y Neptuno), por lo que este tipo de grabados podrían apoyar teorías sobre planetas extintos como Maldek, con elípticas muy excéntricas como el teórico Nibiru, o simplemente un “canon” de planetas distinto al nuestro, que, así como podría haber incluido a Plutón, también pudo incluir a Eris (o incluso a Ceres, Makemake, Haumea, Orcus, Ixión o a Sedna).
Egipcios
Se suele decir que la primera civilización fue la sumeria – aún cuando eso progresivamente ha ido siendo rechazado a la luz de más descubrimientos científicos – y tras ellos vendrían los egipcios. La cuestión es que tampoco este pueblo dejó constancia alguna del tal “final de la Tierra” y un abismo al “borde” del recorrido de mar adentro: «…estás completo y [eres] grande en tu nombre de 'Mar'; mira, eres grande y redondo en (tu nombre de) 'Océano'; mira, eres circular y redondo como el círculo que rodea el Aeo-bifao (aeo-ebot)» (Textos de las Pirámides, Declaración 366:628-629. Aprox. 2.400 a. C.) En consecuencia, estaríamos asumiendo que los antiguos entendían todas las “esferas” de la realidad en el universo basadas en la forma circular, como bolas, y eso incluso aparece en descripciones aún más remotas relacionadas con egipcios y “atlantes”. Ese es el caso de unas milenarias tablas de esmeralda halladas en el Yucatán - que hablan de dichas ancestrales civilizaciones - y cuya antigüedad se estima entre los 13.000 y los 32.000 años (en contra de todo pronóstico y crítica académica), donde su escritor hace comentarios tales como: «Sábete, oh hombre, que todo el espacio está lleno con mundos dentro de mundos; sí, uno dentro del otro no obstante separados por Ley.» (Tabla IX)
El misterioso escritor – que consiguió grabar demótico en relieve en piedra de esmeralda (algo inexplicable) – decía ser el propio Dyehuty (o más conocido como ‘Thoth’), maestro de la literatura egipcia, y contó: «Primero, hablaré de los grilletes de la oscuridad que los atan en cadenas a la esfera de la Tierra.» (Tabla XV, Tablas Esmeralda de Thoth) Además de ya decir en ese entonces que la Tierra era una esfera, desarrolla un diálogo a propósito de la ley de la gravedad, que sabemos que fue postulada abiertamente en tiempos modernos por Isaac Newton (circa año 1680). Pero además de Dyehuty, otro personaje famoso de la antigüedad griega y egipcia fue Hermes Trismegisto, individuo de origen y naturaleza rodeada de leyendas, pero que dejó escritos muy impactantes para su época (que algunos estiman contemporánea al patriarca Abraham (siglo XX a. C.) y otros a la de Moisés (siglo XV a. C.)). Entre sus asombrosas afirmaciones y conversaciones con sus discípulos Tat, Amón o Asclepio (el ‘Esculapio’ griego), se recoge: «- Pero entonces, oh Trismegisto, ¿cómo es posible que aquí abajo las cosas que se mueven lo hacen juntamente con sus motores? Porque se dice que las esferas de las estrellas errantes son movidas por las esferas de las estrellas fijas. - No se trata allí, oh Asclepio, de un movimiento conjunto, sino de un movimiento opuesto: no se mueven en forma similar sino en forma contraria. Y esta oposición tiene como apoyo un punto fijo que equilibra los movimientos.» (De Hermes a Tat, Corpus Herméticum)
Los antiguos llamaban a los planetas “estrellas errantes” o “estrellas frías” (como el caso de los hebreos, que además usaban la expresión de “estrella fría” o “estrella de piedra” para distinguirlos de los soles). La palabra ‘planeta’ proviene del vocablo griego ‘planiti’ (errante), y aunque pareciera chocante que supiesen tanto sobre astrofísica, así era: «El Padre creó el Todo como un cuerpo, y al darle volumen lo hizo a semejanza de una esfera…» (Tratado VIII) Y añade: «Más aún, el Padre, diseminando la variedad de las especies en la esfera, allí las encerró como en un antro, pues quería otorgar la belleza de su propia abundancia en forma de una diversidad completa.» (vers. 3) Podríamos extendernos en tantas afirmaciones sobre el movimiento y composición de los astros, pero el punto es comprender que las culturas han mostrado un retroceso en su desarrollo en el pasado lejano, y de ese punto crítico empezaron nuevamente a emerger, contrariamente a la creencia popular de que el hombre salió de las cavernas y empezó a penas a descubrir el mundo y el saber (por esa razón las pirámides de las dinastías egipcias son más burdas y ridículas, yendo a peor con el pasar de las décadas, al compararse con las existentes antes de las propias dinastías emergentes con Menes I).
Griegos
«En su obra ‘De Caelo’, Aristóteles (siglo IV a. C.) da una explicación razonada de por qué la Tierra es una esfera y cita un valor para su circunferencia que es el correcto dentro de un factor de dos. En el siglo III a. C., Eratóstenes da una estimación más correcta de su circunferencia. En tiempos de Plinio el Viejo, en el siglo I, la mayoría de los estudiosos occidentales aceptaban que la Tierra tenía forma esférica. Más o menos por entonces, Claudio Ptolomeo derivó sus mapas de un globo curvado, y desarrolló el sistema de latitud, longitud, y climas. Sus escritos se convirtieron en la base de la astronomía europea durante la Edad Media, aunque la antigüedad tardía y la Alta Edad Media vieron argumentos ocasionales en favor de una Tierra plana. El error moderno de que la gente en la Edad Media creía que la tierra era plana se introdujo por primera vez en el imaginario popular en el siglo XIX.» (Wikipedia)
Considerando la clara explicación de Wikipedia, es notorio que respecto de los griegos tampoco era cierta la creencia de la tierra plana que finalizaba más allá del mar. Aunque Platón consideró que por lógica geométrica y simétrica la Tierra debía ser esférica, la confirmación absoluta o definitiva de la esfericidad de la Tierra se produjo en 1522, cuando el navegante portugués Fernando de Magallanes completó la primera vuelta al mundo. Con todo, los griegos, sin aparente influencia egipcia, también entendían este principio: «Quienes han regresado en un intento de circunnavegar la Tierra no dicen que se lo haya impedido la presencia de un continente en su camino, porque el mar se mantenía perfectamente abierto, sino más bien la falta de decisión y la escasez de provisiones. Eratóstenes dice que a no ser por el obstáculo que representa la extensión del océano Atlántico, podría llegar de Iberia a la India.» (Estrabón, geógrafo del siglo I d. C.)
Otro ejemplo: «Hay dos formas que superan a todas las demás: entre los cuerpos sólidos la esfera —que equivale al griego "sfaira"—, y entre las figuras planas el círculo o circunferencia, "kyklos" en griego; pues bien, solamente estas dos formas poseen la propiedad de una absoluta uniformidad en todas sus partes, y de que todos y cada uno de los puntos de su circunferencia equidisten del centro; y nada puede ser más adecuado que esto. No obstante, si vosotros, los epicúreos, no podéis entender esto, porque nunca habéis llegado a tocar este polvo erudito, ¿ni siquiera pudisteis llegar a saber la suficiente filosofía natural como para entender al menos que el movimiento uniforme y la disposición regular de los cuerpos celestes no podían haberse mantenido con ninguna otra figura? Por eso nada puede ser más acientífico que vuestra afirmación favorita de que no es cierto que nuestro mundo mismo sea esférico, puesto que es posible que tenga alguna otra forma, y que existen números incontables de mundos, todos de figuras distintas.» (Cicerón, ‘Sobre la Naturaleza de los Dioses’, cap. 18:47-48. Siglo I a. C.)
Hablando sobre la ley de la gravedad, agrega: «Pero, no solamente son maravillosas estas cosas, sino que no hay nada más notable que la estabilidad y coherencia del mundo, que es tal que resulta imposible ni siquiera imaginar algo mejor dispuesto para perdurar. Pues todas sus partes, en cualquier dirección que se muevan, gravitan hacia el centro con una fuerza o presión uniforme. Además, los cuerpos qué están unidos mantienen su unión de la manera más permanente cuando poseen algún vínculo que los ciñe o rodea para mantenerlos atados; y esta función es cumplida por esa sustancia racional e inteligente que impregna al mundo entero como causa eficiente de todas las cosas y que arrastra y reúne las partículas más exteriores en dirección al centro. Por eso, si el mundo es redondo y, por tanto, todas sus partes se sostienen por sí mismas y entre sí en un equilibrio universal, lo mismo tiene que ocurrir en la tierra, de forma que todas sus partes tienen que converger hacia el centro —que en una esfera es el punto más bajo— sin que nada rompa la continuidad y amenace así con la disolución su vasto complejo de fuerzas y masas gravitatorias. Y, según el mismo principio, el mar, aunque situado por encima de la tierra, busca sin embargo el centro de la tierra y tiene así la forma de una esfera por todas partes uniforme, y nunca inunda sus orillas y se desborda.» (45:115-116)
Pero remontándonos mucho más atrás, a la época de los mitos griegos, encontramos citas sobre su cosmogonía, la cual tampoco apoya la idea de tierra plana que finalizaba geográficamente en algún momento: «No era un río propiamente dicho, sino un principio de unidad. Era circular. Infinito. Fluía sobre sí mismo. Y todos los otros ríos, las fuentes –y hasta el mar-, nacían de su fuerte corriente. El mismo había nacido de la amorosa unión entre Gaia (Tellus), la Tierra, y Urano (Caelus), el Cielo. Era uno de los Titanes: su nombre era Océano (en griego: Okeanós, palabra emparentada con oka: rápido).» (La Creación de todas las Aguas, mito griego) Para el tiempo de los oráculos de Delfos, la sibila griega (siglo II a. C.) también habló de esto, sosteniendo: «El Rey Altísimo, que trajo a la existencia el mundo entero, diciendo: "Que se haga", y fue. Porque la tierra [fue] establecida, colocándola redonda sobre el Tártaro…» (Oráculos Sibilinos. Libro I, verso 10)
En consecuencia, los antiguos sabían más de lo que nos imaginamos, pero al parecer ha habido apariciones y desapariciones de civilizaciones a lo largo de la historia de la humanidad, y lo mismo respecto del saber (lo cual explica los ‘Artefactos Fuera de su Tiempo’, que ponen en entredicho las teorías evolutivas): «¿Qué es lo que fue? Lo mismo que será. ¿Qué es lo que ha sido hecho? Lo mismo que se hará; y nada hay nuevo debajo del sol. ¿Hay algo de que se puede decir: He aquí esto es nuevo? Ya fue en los siglos que nos han precedido. No hay memoria de lo que precedió…» (Eclesiastés 1:9-11. Siglo V-X a. C.) El tamaño de la esfera terrestre fue establecido en el siglo III a. C. gracias al ingenio de Eratóstenes de Cirene. Éste tuvo una personalidad muy amplia: filósofo, poeta, astrónomo, gramático, matemático, geógrafo e incluso atleta. Eratóstenes llegó a ser director de la Biblioteca de Alejandría, el principal foco de saber del mundo antiguo. Allí leyó un día en un papiro que en un lugar de la frontera de Egipto con Nubia, llamado Siena, cerca de la actual ciudad de Asuan, sucedía algo curioso: En Siena, en el mediodía del 21 de junio los objetos bajo el sol no proyectan sombra. En ese día, el día más largo del año (o solsticio de verano), podía verse el sol reflejado en el fondo de un pozo; estaba directamente encima de las cabezas. Dedujo entonces que la superficie terrestre era curvada.
Persas
Mirando otros ejemplos de otros pueblos, como los persas, hallamos referencias del Avesta - sagrado texto del mazdeísmo - atribuido al profeta persa Zoroastro. Algunos han afirmado que el libro expone la visión del mundo que apoya la idea de tierra plana, pero dicha interpretación es incorrecta, y un ejemplo es el fargart 19, que dice: «Para mantenerlas sobre esta Tierra que es vasta, redonda, difícil de recorrer…» (19º Fargard) El Avesta habla de ‘siete keshvars’, que se ha supuesto que se refiere a 7 zigurats (pirámides escalonadas) una sobre la otra como modo de aducir a la distribución del mundo. Esta conjetura, ¿en qué se basa? El texto está refiriéndose a 7 regiones de nuestro planeta, como serían los 7 continentes y/o 7 mares representativos, y nada tiene que ver con una idea de Tierra plana. En el mejor de los casos, sería una creencia similar a la védica (de la India), que habla de 7 esferas, las cuales son 7 dimensiones envolventes que tendría la Tierra, y 7 planetas del sistema solar, considerando así al 7 como una especie de ‘número maestro’ por medio del cual el creador diseñó el universo. Por ellos también hablan vedas y otras culturas sobre 7 niveles de conciencia y 7 chakras, en analogía con 7 octavas musicales, 7 días de la semana o 7 colores del espectro de la luz visible.
Hebreos
«Ante su cólera tiembla el orbe, ante su ira se conmueven los campamentos, los cimientos se tambalean por temor a él, y a su admonición Arabot se estremece.» (Libro Hebreo de Enoc, cap. 22:2) Es menester saber que para los romanos era común usar la apreciación latina ‘orbis’ que engloba la idea del mundo como una esfera o un círculo perfecto. Incluso traductores bíblicos como Jerónimo de Estridón (siglo IV d. C.) la usaban como equivalente del hebreo ‘Tebel’ (mundo). Empleaban esta distinción dado que el vocablo ‘mundo’ proviene del latín ‘Mundus’ o ‘Mundi’, que se refería al universo, y es, de hecho, el equivalente al griego ‘Kosmou’ (cosmos), que se suele traducir en la biblia como ‘mundo’. Claramente orbe-tebel es algo diferente a universo-cosmos, y el vocablo ‘mundo’ produce una seria confusión a propósito de estos conceptos distintos. Cabe agregar que en lengua hebrea hay aspectos como Aretz (tierra) y Olam (mundo) que no se limitan al planeta Tierra. Aretz definiría los mundos físicos, y Olam identificaría la proyección del universo, es decir, la apariencia ilusoria de la materia.
Ahora bien, no era posible que los antiguos percibiesen la Tierra como una mera planicie lineal, siendo que ellos mismos eran expertos en astronomía, y en consecuencia sabían sobre la precesión de los equinoccios (oscilación terrestre dentro de sus movimientos rotatorios y orbitales), las fases lunares (que parten de la sombra semicircular que da la Tierra a la Luna, y sobre cuya cuestión ya había enfatizado Aristóteles), las constelaciones del hemisferio sur y los testimonios de los navegantes (ninguno de los cuales contó ver un fin del mundo: un precipicio o una pared infranqueable). Algunos opositores de la Biblia pretenden usar versos sacados de contexto y/o mal traducidos y/o mal interpretados para argumentar que la gente hebrea del pasado creía que el cielo era una bóveda que cubría la supuesta tierra plana (concretamente en forma de plato, según unos, o de cuadrado, según otros). Estas conclusiones también carecen de sustento, ya que la palabra ‘bóveda’ no aparece en la Biblia, y solo es traducida por algunas casas editoras para referirse a vocablos hebreos tales como Rakia (‘vacío’ en un sentido de vacuidad o de ausencia de objetos), que otros traducen por firmamento o expansión. En el libro de Enoc se usa la palabra ‘rakia’ para hablar de las órbitas de los planetas, y la mayoría de veces, las citas de la Tanak (Antiguo Testamento) la utilizan para hablar de lo relativo a la atmósfera. Aún así, es habitual traducir asimismo ‘rakia’ como ‘cielo’.
«Sola recorrí la redondez del cielo, y por la hondura de los abismos paseé.» (Sirácida 24:5) El libro de Sirá, o Eclesiástico, es otro contenido israelita que da ejemplos de cómo se entendía la atmósfera como algo circular, no como cúpula (idea anticientífica y que viola toda ley de la física, así como la presunción de una tierra plana). La especulación de algunos parte de forzar una conjetura sobre la cual simplemente era el círculo de cómo se vería el cielo a través del horizonte, pero eso no apoya ni niega la creencia en la Tierra esférica, ya que en el peor de los casos meramente hablaría de lo que el espectador observa del cielo (no implica que esté describiendo una cosmovisión). Pero, ¿dónde están esos abismos tan repetidamente mencionados y descritos como algo circular? Además de esto, el primer libro de Moisés (Génesis) - escrito aproximadamente hace unos 3.400 años - coincide con el libro de Enoc (cuya fuente original podría tener más de 4.400 años) y las revelaciones de Esdras y Baruc (siglos IV-VI a. C.), exponiendo cómo fue creándose el sistema solar y la Tierra, dando especificaciones que solo la ciencia moderna ha ido descubriendo. Sería muy extraño encontrar alguna cita hebrea que sostenga que la Tierra era plana… «Condujo desde los confines del orbe al que golpea terriblemente; decretó la guerra contra Yerusalem y su tierra.» (Salmos de Salomón 8:15)
Uno de estos ejemplos se halla en los libros de los profetas de Israel: «Él está sentado sobre el círculo de la tierra, cuyos moradores son como langostas; él extiende los cielos como una cortina, los despliega como una tienda para morar.» (Isa. 40:22. Siglo VIII a. C. Traducción de Reina Valera). No dice ‘llanura’. Aunque se suele traducir como ‘círculo’, el vocablo hebreo ‘Jug’ engloba la idea de circunferencia, redondez o esfericidad. Incluso las traducciones griegas y latinas usan vocablos relacionados a “giro” o “circunferencia”. Otro caso, descrito por el rey Salomón: «Cuando establecía cielos, allí [estaba] yo; Cuando fijaba el círculo sobre la faz del abismo…» (Pro. 8:27, texto hebreo) También otro caso señala que «Limitó [el] círculo sobre la cara [de las] aguas, hasta [el] extremo [de la] luz con [la] tiniebla.» (Job 26:10, texto hebreo) Nótese que el vocablo ‘Teklah’, que se traduce por ‘extremo’ o ‘límite’, forma asimismo la voz ‘Tekelet’ (celeste, azul celeste). Eso propone una traducción alternativa extra, como «determinó [como] redondez respecto de la faz del agua hasta la luz azul [celeste] con las tinieblas.»
Mirando más episodios bíblicos podemos rescatar que Salomón enviaba barcos a la tierra de Ofir, y, según todas las investigaciones sobre este famoso puerto, no pudo estar en el Mediterráneo, ni mucho menos en las regiones del norte. Las teorías sobre la ubicación de Ofir van desde su localización en Perú, India, Sudáfrica, Yemen, Etiopía o Afganistán. En cualquiera de los casos la ruta marítima de las embarcaciones tenía que haber pasado por el Hemisferio Sur hace 3.000 años, y dado que los navegantes se guiaban en la noche por las constelaciones, era evidente que el cruce por Sudáfrica presentaba un cielo completamente diferente al conocido en el Hemisferio Norte. En consecuencia, estos navegantes sabían que el cielo era otro en el sur de la Tierra y no habrían asumido, ni por cálculos ni por sus viajes, que la Tierra era plana. Sus cartas de navegación tendrían que haber considerado que millas más al sur parecían constelaciones que días atrás no estaba ahí, y la mayoría de las cuales jamás habían visto en el Hemisferio Norte, y eso refuta la teoría de tierra plana. Ptolomeo ya de por sí tiró por tierra toda esta especulación al reforzar la comprensión del movimiento astronómico.
Eso recuerda a Job - un sabio idumeo posiblemente anterior a Moisés – quien habló mucho de las constelaciones, y de unos tales «lugares remotos del sur» (Job 9:9), respecto de las posiciones de dichas constelaciones. Pero, ¿qué opinarían los aborígenes de Australia o la gente de Chile sobre la teoría de la tierra plana? O, ¿qué asumirían los chinos, dado que en muchas partes de América, como en California, se han hallado evidencias de la presencia china precolombina? El mapa que se presume como explicativo de la hipótesis de Tierra plana es matemáticamente incorrecto al lado de las rutas y mapas que poseían los navegantes, y es, empero, un modelo inventado, ya que dicho modelo no procede de dibujos o tallas antiguas. En lugares como Ecuador se han hallado piedras talladas de al menos 17.000 años, los cuales son, básicamente, mapamundis de piedra a modo de casi un globo terráqueo, inclusive macando la línea ecuatorial.
Jesús y la Tierra Redonda
El principio de Tierra redonda era compartido por los primeros cristianos: «Las siete iglesias que hoy se extienden por el orbe…» (Testamento de Juan) Entre la cantidad de argumentos que apoyan el hecho de que los antiguos supiesen de la esfericidad del orbe, existen testimonios sobrenaturales que relatan viajes fuera de la Tierra, los cuales incluyen descripciones empíricas: «Y Jesús y sus discípulos estaban en las regiones del aire, en los caminos del medio, que está encima de la esfera.» (Evangelio de la Verdad 51:28) Asimismo hay relatos, como del propio Yeshua (Jesús), que hablaban mucho de los cuerpos celestes y de las fuerzas que gobiernan en esos mundos: «Y los encadenó en las regiones del aire en las que estamos ahora, encima de la esfera.» (54:2) Hay también un episodio histórico de la vida del maestro, la cual rompe ciertos esquemas. Se trata de la tentación en el desierto, de donde inclusive se toman las palabras del suceso para asumir que los judíos pensaban que la tierra era completamente plana: «Otra vez le llevó el diablo a un monte muy alto, y le mostró todos los reinos del mundo y la gloria de ellos…» (Mat. 4:8, RVA 60)
¿El Satán mostró a Yeshua (Jesús) todos los reinos de la Tierra desde un monte? Eso es algo imposible, porque ni un águila puede tener una vista tan aguda como para ver “todos los reino de la Tierra” desde arriba. Y eso, suponiendo que haya un cielo 100% despejado, sin una sola partícula en el aire que sumada a la distancia con millones de partículas más no imposibilite una visión panorámica. Ni desde el Everest un águila con prismáticos podría ver a 1.000 km de distancia. Si alguien cree que todo lo tratado en la Biblia y la historia a nivel “teofánico” fue una invención, claro que es de refutar una y mil cosas. Para quien entiende que no estamos lidiando con invenciones humanas es de comprender entonces que la descripción no puede estar hablando de un monte en la Tierra, o sencillamente de algo literal. El texto, ni siquiera dice “tierra” (en griego ‘Gii’), sino “mundo” (en griego ‘kosmou’).
En consecuencia, apliquemos que el tal diablo le mostró a Yeshua todos los reinos del cosmos, y lo hizo de alguna forma, que baste que se comprenda como idea (el Satán simboliza el ego, y la visión de las cosas puede ser mental, no física). Es más, si es por buscar coherencia en algo sobrenatural, ¿cómo se supone que el Satán subió a Yeshua al pináculo del Templo, cuya altura era de 13,5 metros, y en cuya estructura no constaban escaleras para subir al techo?: «Entonces el diablo le llevó a la santa ciudad, y le puso sobre el pináculo del templo, y le dijo: Si eres Hijo de Dios, échate abajo; porque escrito está: A sus ángeles mandará acerca de ti, y, En sus manos te sostendrán, Para que no tropieces con tu pie en piedra. Jesús le dijo: Escrito está también: No tentarás al Señor tu Dios.» (Mat. 4:5-7, RVA 60) ¿Cómo que “le puso”? ¿Lo llevaba volando?
Los 4 Ángulos y Cimientos
Asimismo se ha interpretado que los antiguos veían la Tierra como una planicie sostenida por 4 puntos, lo cual es una percepción errada de «los cuatro rincones cardinales» (7º Fargard, Avesta de Zoroastro) Para los sabios, el número ‘4’ representaba el apoyo o sustento, y por ello el “equilibrio”. Los hebreos hablaron también de «los cuatro confines de la tierra.» (Isa. 11:12, RVA 60), así como el profeta Henoc miles de años antes. Pero, ¿qué eran esos “confines” de la Tierra? La propia Biblia se responde a sí misma: «…entonces enviará sus ángeles, y juntará a sus escogidos de los cuatro vientos, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo.» (Mar. 13:27, RVA 60) Era la manera de referirse a los puntos cardinales. Igualmente respecto de Job 26:7 se ve que de siempre los pueblos han sabido distinguir las orientaciones cardinales: «Él extiende el norte sobre vacío, Cuelga la tierra sobre nada.» (Job 26:7, RVA 60) ¿El norte sobre el vacío? El norte terrestre no solo parte del misterioso campo magnético de la Tierra, sino de un “norte estelar”, que parece que era muy conocido por los pueblos antaño. Las menciones a los cuatro ángulos del cielo y de la tierra eran relacionadas con las constelaciones, y su norte “sobre el vacío” es la trayectoria de nuestro sistema solar en dirección a las constelaciones circunpolares de Lyra y Draco.
Los babilonios y egipcios eran algunos de los entendidos respecto de este tema. Los mapas estelares que diseñaron muestran a los cuatro ‘Heh’ o ‘Huh’ que sostienen el cielo, y que corresponden con las estrellas Polaris (norte), Canopus (sur), Vega (este) y Sirio (oeste). Los hebreos las llamaban “vientos de la tierra” o “ángulos de la tierra”, y se referían a ellos como “pilares” o “columnas” (en su caso la palabra hebrea ‘Masad’ (que en el texto es plural femenino, ‘Misdut’) se refiere a las bases, estructura, cimiento o soporte), ya que – así como el resto de pueblos – consideraban que todos los planetas y estrellas se sostenían unos a otros (por lo que hoy conocemos como “leyes de la física”, atracción y repulsión por acción gravitatoria). Los mismos se asocian con los “ángulos del cielo”, o regentes mayores entre los astros de la eclíptica, a saber, ubicados en Escorpio, Leo, Tauro y Acuario. La eclíptica no es solo seguida por la Tierra - y demás planetas a propósito del Sol - sino que es la trayectoria del nuestro astro rey respecto de las constelaciones del zodiaco. Ese sería el punto “ecuatorial” desde el cual se estima el norte y el sur (para los hebreos, ubicados en el hemisferio norte, era más común familiarizarse con el norte, que usualmente, por la precesión de los equinoccios, variaba entre las estrellas de la Osa Menor, Lyra y Draco).
En consecuencia, se puede decir que muchos de los descubrimientos astronómicos modernos eran ya sabidos en el pasado, e incluso iban más allá, profundizando en ciencias sobre la existencia de otras dimensiones o planos (los ‘loka’ y ‘talas’ del hinduismo). Eso es a lo que muchos podrían haberse referido con el Hades; un mundo en otra dimensión o plano debajo de la Tierra, y que seguiría el patrón esférico: «Ahora bien, la fosa del mundo es una redondez a manera de esfera, […] cuanto más alto subas dentro de ella para mirar hacia abajo, desde allí no podrás ver su fondo, […] de donde su fondo o parte, si es que una esfera tiene fondo, lo griegos llaman Hades, del griego "idein" que significa "ver", porque no se puede ver el fondo de una esfera. Por donde a las formas sensibles también se las llama "ideas" porque son conceptos visibles. Por el hecho pues de que no se pueden ver, porque están en el fondo de la esfera, los griegos llamaron Hades lo que nosotros Infiernos.» (De Hermes a Asclepio. Vers. 18. Corpus Hermeticum)
Poe consiguiente, de cualquier tema que se hable, se encontrará uno con que pocos leen realmente los textos antiguos, y más bien suponen cosas basadas en las suposiciones de terceros. De modo que sería peculiar llegar a encontrar una verdadera fuente que describiese que para esas gentes la Tierra era plana, que finalizaba en un precipicio o que no era redonda. Y si a eso añadimos que la propia Biblia habla incontables veces del ‘Tebel’, que no es Tierra sino mundo, la estimación de esta verdad se hace más consecuente. Gran parte de las veces no dice “Tierra” (en hebreo, ‘Aretz’), sino ‘mundo’ (en hebreo ‘Tebel’). Para nosotros en occidente y en la actualidad Tierra y Mundo a veces hasta son sinónimos, pero en la antigua cultura hebrea no eran lo mismo. Tebel se refiere a las cosas creadas, lo cual puede hasta englobar la creación en sí en todo el universo. Queda a juicio de cada cual interpretar a qué se refería, pero el hecho de que no dijese Aretz es que no se refería a la Tierra como superficie sólida o seca, y la descripción misma, además, recuerda a otros textos antiguos, como los mesopotámicos o celtas, que dicen que en los orígenes del mundo la Tierra fue impactada por otro cuerpo estelar y se rompió en pedazos. Por la acción de la gravedad volvió a unirse y a formarse esféricamente. Por otras vías, y supongo que sin conocer de estas fuentes, hay geólogos y científicos de otros campos que han postulado teorías sobre un incidente de esta índole antes del Cámbrico.
Los Planetas
Además de que la Tierra no era entendida como plana, y que la idea de mundo tampoco lo era, lo mismo se puede decir de su visión de los otros planetas, a los cuales sabían diferenciar del resto de estrellas, aunque fuesen meros puntos en el tachonado celeste. Los antiguos sabían que la Tierra era una esfera más, parte de un conjunto de entre 7 y 9 que giraban alrededor del Sol: «Nueve son los mundos…» (Tablas Esmeralda de Thoth. Tabla IX) No fue sino hasta Johanes Kepler que se profundizó sobre las ideas de las rotaciones y traslaciones planetarias, e incluso con Galileo y Copérnico salieron a la palestra nuevas afirmaciones de que los planetas no eran estrellas, y que los tales giraban en torno a estrellas: «…‘las palabras “Sol”, “Luna”, etc., a las que se las designa como dioses, se utilizan aquí con el sentido de meras esferas de luz.» (Brahmasutras 1.3.32, textos védicos) Y agrega: «Al descender de la esfera de la Luna, el alma va haciéndose parecida al éter…» Es irónico que hubiese un conocimiento tan amplio sobre los astros en el pasado, y a más atrás nos remontamos, parece que el saber era mayor. Ese es el caso del profeta Henoc, un personaje antediluviano que describe el tránsito del Sol, las fases de la Luna, el orden de los planetas del sistema solar y más cosas imposibles para su tiempo, salvo que hubiese sido llevado en una nave espacial a verlo, o que en ese entonces quedasen vestigios de una avanzada ciencia y culturas que posteriormente fueron menguando hasta desaparecer.
Del propio Yeshua (Jesús) se recogen otras afirmaciones sobre movimientos de cuerpos celestes que no era posible conocer en ese tiempo, pero si nos remitimos al siglo X a. C., a la época del rey Shlomo (Salomón), nos encontramos con que su sabiduría era realmente lo que se decía de ella, y los templarios descubrieron en su tumba textos donde habla del Sol, la Tierra, la Luna, Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno, y la relación de estos con las plantas, las constelaciones del zodiaco, piedras, los puntos cardinales, las estaciones, los animales, los elementos y con lo que podríamos definir como “seres de otra dimensión” o de otra “esencia”. Pero el saber no se limitaba a los planetas sino a las constelaciones del zodiaco, que eran las mismas para todas las culturas, variando solo en determinadas apreciaciones. Eso quiere decir, que conocían sobre el viaje de la eclíptica y la relación de las estrellas que conformaban dichos cuerpos con el Sol y la Tierra, y sobre la esfericidad de nuestro orbe.
Pero remitiéndonos al aspecto planetario, muchas de las tesis modernas caen por su propio peso al compararse con todos estos hechos, y una vez más dejan patente que la historia contada está retocada y modificada para presentar un relato falso de los acontecimientos y la civilización humana. Hay casos, como el de Tiawanaco (en Bolivia), donde una construcción de origen desconocido, pero claramente precolombino, fue edificada, no solo en relación a los solsticios, sino respecto de Venus; o en Mali (en África occidental), donde la tribu dogón posee conocimientos y grabados del cielo, especialmente de la estrella Sirio, de la cual incluso ya sabían sus antepasados que era un sistema triple (cosa que no se descubrió sino hasta 1995, siendo que solo se postuló que Sirio sería un sistema doble desde 1844). Mas prosigamos con los argumentos que dejan claro el entendimiento de todos estos pueblos sobre el cielo antes de Kepler: «El Cielo se dejó ver en siete círculos, y se mostraron los dioses en forma de astros con todas sus constelaciones […] quedó organizada con los dioses que había en ella; y el orbe, en su periferia, giró en redondo en el aire, conducido en su curso circular por el espíritu divino.» (Tratado XVII, verso 2. Corpus Hermeticum) Hermes comenta con anterioridad: «Alrededor del Sol gravitan las ocho esferas que de él dependen: una la de las estrellas fijas, siete de las errantes, y de éstas una gira en torno de la Tierra.» (Tratado XV, Corpus Hermeticum)
Uno de los casos que más impresionó a los investigadores, fue el del zodiaco de Dendera (fechado por unos solo del 50 a. C., mientras por otros del 2.500 a. C.), en el cual se ve en cielo en forma “circular”, soportado por 4 deidades en 4 esquinas, la representación de las 12 casas zodiacales, los típicos 36 decanos de la astronomía egipcia (que representan astros de primera magnitud), las 48 constelaciones de Ptolomeo, los puntos cardinales, la implicación de la precesión de los equinoccios, datos sobre los eclipses, y, evidentemente, los 5 planetas que son visibles desde la Tierra. Cuando Henoc hace miles de años en sus viajes por el cielo (espacio exterior) - si le llevaron ángeles u extraterrestres, es ya otro punto de discusión – describió los planetas del sistema solar y sus órbitas, narró: «Y en el yom cuarto ordené que hubiesen los luminares los grandes en los círculos de los Cielos. En el primero círculo, el más alto coloqué la kojab Shabetai (Saturno), en el segundo arriba coloqué a Noga (Venus), en el tercero Maedím (Marte), de cuarto Shemesh (el Sol), de quinto Tzedek (Júpiter), de sexto Kokeb (Mercurio), de séptimo Iareaj (la Luna); y en [ellos] las kojab pequeñas, bellas-brillantes esas las voladoras, las menores.» (2ª Henoc 30:3-4. Cotejado con las fuentes de los Manuscritos del Mar Muerto)
No solo identifica a estos planetas sino a sus pequeñas ‘kojab’ (satélites, lunas), de las cuales no se empezó a saber oficialmente sino hasta el siglo XVII (desde 1610, cuando Galileo observó las grandes lunas de Júpiter, seguido de Huygens, quien hizo lo suyo desde 1655 con las más grandes de Saturno). Otrosí el verso del libro segundo de Henoc incluso añade que «el Sol debe ir por todo el círculo [de las constelaciones] del zodiaco» (vers. 6), cosa que supuestamente era imposible de saberse en aquel entonces. Pero además, respecto de estos cuerpos espaciales, añade que siguen la «ley de sus horas conforme a su rotación», haciendo un comentario de tal envergadura incluso antes de Aristarco (siglo II a. C.). Según los rollos del Qumran, en el cap. 32, versos 24-25, Henoc define a estos cuerpos como «siete círculos», y su apariencia visual (en una época sin telescopios), «formando algo parecido al cristal, a la vez húmedo y seco, esto es, el vidrio, el hielo…» Y, como en otros pasajes, incluso añade que dichos planetas, como en la Tierra, poseen también «los otros elementos.» Interesante, considerando que sin la invención del espectroscopio en 1859 no se podría saber la composición de los planetas (que además no se habían distinguido de las estrellas – salvo en el movimiento – hasta hacía unos siglos).
De paso comento que a Henoc también se le mostraron las órbitas planetarias (cada una a su distinta escala), y que estos planetas estaban entre la Tierra y los otros cuerpos de la eclíptica: «las 12 constelaciones del círculo del firmamento, cuales están sobre el Séptimo Cielo. Y yo mismo indiqué a cada cual [era] su camino, a las siete kojabim, cada una en su cielo para que así avanzaran.» (1ª Henoc 21:7) Otro manuscrito, también del ya mencionado Salomón, comenta sobre ciertos profetas que fueron sacados vivos de la Tierra: «…ellos regresan a la tierra después de recorrer todas las esferas de nuestro sistema solar. Es por eso que el retorno de Enoc y Elías precederá al segundo advenimiento de Jesús.» (Eliphas Levi. Los Espíritus - Llaves Mayores y Clavículas de Salomón,) ¿Cómo es que Salomón habla de Jesús, si faltaban casi 900 años para su nacimiento? Este es otro tema a discutir, pero el punto es que el modelo de pensamiento moderno que subestima a los antiguos cuando conviene, y los admira cuando conviene, solo parte del interés en fortalecer un paradigma aceptado. En una ocasión narran los primeros cristianos: «Y Jesús no había anunciado todavía a sus discípulos toda la emanación de todas las regiones del gran invisible, […] y sus creaciones, y su vivificación, y sus arcontes, y sus ángeles, y sus arcángeles, y sus decanos, y sus satélites, y todas las moradas de sus esferas.» (Evangelio de la Verdad 1:5)
Este texto fue salvado de la destrucción decretada por Teodosio I en el Primer Concilio de Constantinopla (381 d. C.), y con él hay al menos otros 45, entre los que se haya uno sin nombre que es otro de los que cuenta cómo se formó la Tierra y el sistema solar: «Luego de Justicia creó el hermoso paraíso más allá de la esfera de la luna y la esfera del sol, la tierra del placer que se encuentra en el este, en las rocas.» (Sobre el Origen del Mundo) La palabra ‘Justicia’, en hebreo es ‘Tzedek’, que es el nombre hebreo del planeta Júpiter. Hablando sobre el movimiento de los cuerpos del sistema solar, también el texto anterior, recogido por Valentino, reza: «Y Jesús dijo a sus discípulos: Cuando la esfera gire y sea mudada, de manera que Cronos y Ar[...]es lleguen junto a la virgen de la luz, y Zeus y Afrodita lleguen a la virgen, girando en sus órbitas…» (Evangelio de la Verdad 63:5) Cronos es el nombre romano de Saturno, Ares es el nombre romano de Marte, Zeus es el nombre romano de Júpiter. Habla también de Venus: «…la esfera que se llama Afrodita» (54:14). Afrodita es el nombre griego de la diosa romana ‘Venus’. Incluso menciona a Mercurio: «Y estos cinco arcontes se llaman así en el mundo: el primero, Cronos; el segundo, Ar[i]es; el tercero, Hermes el cuarto, Afrodita, y el quinto, Dios.» (52:9) Al decir ‘Dios’, el traductor se refiere a ‘Theos’, en griego, que era la manera de llamar a Zeus (Júpiter). En realidad, la palabra 'Dios' era originalmente una manera alternativa de llamar a Zeus.